El desafío de la igualdad

PULSO, 10 de diciembre de 2014
La desigualdad que importa combatir es aquella que lacera nuestras posibilidades vitales y que nos ata a la pobreza heredada.

1770953Libertad e igualdad definen tanto el norte como los desafíos fundamentales de la sociedad moderna. Como proyecto social y cultural la modernidad nació desafiando las desigualdades propias de la vieja sociedad estamental, que ligaban la suerte de las personas a la cuna, definiendo así su riqueza, estatus social y los grados de libertad de que disponían. La rebelión moderna tomó dos caminos: el de la revolución, paradigmáticamente representado por Francia y su temible revolución, y el de la emigración, simbolizado por Estados Unidos y sus inmigrantes-colonos.

El camino traumático de Francia y muchos otros países europeos fue hijo de sus grandes desigualdades, aquellas que Alexis de Tocqueville resumiera ya en la primera mitad del siglo XIX diciendo que eran sociedades con demasiados proletarios y muy pocos propietarios. En cambio, la estabilidad social y democrática de Estados Unidos se basaba, a su juicio, en el amplio acceso a la propiedad de sus masas inmigradas que, por lo tanto, no solo gozaban de una amplia libertad e igualdad de oportunidades, sino que tenían mucho que perder en el caso de una conmoción revolucionaria.

Esta sociedad norteamericana de libres e iguales -que cobró una fuerza arrolladora a partir de la Guerra de Secesión y la abolición de la esclavitud en los estados sureños de la Unión- fue la clave de aquel progreso material que elevaría a Estados Unidos al rango de primera potencia económica de la Tierra ya a fines del siglo XIX. En Europa, por su parte, los países o regiones que por entonces mostraron mayor dinamismo fueron aquellos que exhibían los grados más altos de igualdad, particularmente en la distribución de la tierra: los países escandinavos, la Alemania del Rin, el norte de Italia, Cataluña y el País Vasco en España, etcétera. Donde siguieron imperando la gran propiedad agraria y los resabios de la sociedad feudal-estamental, el desarrollo se resintió y se acumularon las tensiones que darían paso a las grandes descargas revolucionarias y totalitarias que remecerían la Europa del siglo XX.

De estos párrafos el lector ya habrá inferido por qué nos fue como nos fue en América Latina. La desigualdad fue, y sigue siendo, nuestra cruz: de riqueza, de oportunidades, de estatus y consideración social, de participación política y cultural, en fin, de acceso real a la libertad. Por eso es que Chile desperdició ese momento estelar de su historia que fue el de la bonanza salitrera, cuando dispusimos de una riqueza extraordinaria que nos puso, en términos per cápita, en paridad o por sobre países como Francia o Suecia, para no hablar de Italia o España con un ingreso per cápita que en 1910 era poco más de la mitad del chileno.

Pero esta riqueza o el hecho de haber registrado entre 1870 y 1910 una de las tasas de crecimiento económico más altas del mundo (solo igualada por Suiza y Canadá en el mundo desarrollado), no nos acercó al desarrollo sino que abrió las puertas de un frustrante siglo XX que terminó llevándonos al abismo de 1973. Y no nos condujo al desarrollo porque el maná que nos cayó del norte salitrero lo hizo sobre una sociedad profundamente desigual, donde sus grandes masas de “peones”, “gañanes”, “jornaleros”, “vagabundos” o, simplemente, “rotos”, siguieron estando presas de la pobreza, la falta de educación, la subordinación, la exclusión y el menosprecio social y racial.

Ello explica que Chile, teniendo en 1910 un ingreso per cápita superior al de Suecia haya tenido tasas de analfabetismo que superaban en más de diez veces las de ese país, o una mortalidad infantil 3,5 veces superior a la sueca y una expectativa media de vida que en 1907 era inferior en 27 años a la de Suecia. Chile fue, en suma, un país rico con demasiada pobreza y desigualdad, y pagó duramente las consecuencias de ello.

Ahora bien, la desigualdad que importa es aquella que lacera nuestras posibilidades vitales y nos ata a la pobreza heredada, aquella que nos encadena a la lotería del nacimiento y no nos permite surgir ya que carecemos de los recursos básicos para hacerlo. La potencia prodigiosa de Estados Unidos no surgió de una igualdad de resultados impuesta por una autoridad política que cercena nuestra libertad para hacernos iguales, sino de una igualdad básica de oportunidades que hace legítimo el éxito bien ganado y permite celebrar al que llega lejos y se enriquece. No fue la igualdad mediocre y aplastante que predica el socialismo la que hizo surgir al coloso del norte, sino la de la libertad real que nos entrega los instrumentos para llegar tan lejos como nuestro esfuerzo y coraje nos lo permitan.

Este es el gran dilema del Chile de hoy: la igualdad es, sin duda, su futuro, pero debe decidir qué igualdad busca. De ello tratarán nuestros grandes debates de futuro y aquellos que le den la espalda a la igualdad estarán condenados a la intrascendencia política.

Por ello concluyo con Tocqueville y las palabras que cierran su célebre obra “Sobre la democracia en América”. Allí, ese genial joven francés que con sorpresa y admiración contemplaba en Estados Unidos el nacimiento del mundo moderno, nos dice que todas las naciones modernas marcharán hacia la igualdad pero, agrega, “depende de ellas que la igualdad las conduzca a la servidumbre o a la libertad, a las luces o a la barbarie, a la prosperidad o a la miseria”.

*El autor es senior fellow de la Fundación para el Progreso (@MauricioRojasmr).

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