Diálogo de Conversos

Por Mauricio Rojas. El libro escrito con Roberto Ampuero es una conversación sobre el difícil viaje de la utopía comunista a las ideas de la libertad. Opinión | 05:00 h

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En estos días se lanzará “Diálogo de conversos”, libro que he escrito junto con Roberto Ampuero. Es el fruto de una larga conversación que sostuvimos en diciembre del año pasado en el refugio de Roberto en Olmué. Allí, a la vista del cerro La Campana y bajo un acogedor parrón, nos pusimos a escudriñar en nuestras vidas errantes. Era la primera vez que lo hacíamos ya que solo nos habíamos conocido recientemente, si bien ambos sabíamos, por lecturas y amigos comunes, de nuestros viajes paralelos que nos habían llevado a tierras lejanas y a dejar atrás el entusiasmo revolucionario de “nuestros años verde olivo”.

A ambos nos movía una necesidad vital de confrontar, comparar, aprender. El viaje de la utopía comunista a las ideas de la libertad no es fácil ni indoloro. Si partir es siempre morir un poco, dejar el ensueño mesiánico de poder construir el paraíso en la Tierra lo es mucho más. Es romper lazos, quebrantar lealtades y, sobre todo, enfrentarse con uno mismo, bajarse del pedestal de pequeño dios redentor para reducirse a la simple condición de ser humano y poder decir: estaba equivocado y fui culpable, me embriagué con la misma bebida que ha llevado a tantos a cometer los crímenes más atroces tratando de crear un mundo y un hombre nuevos. De ese viaje desgarrador teníamos que hablar, y también de otros viajes, por el amor y el desamor, por el desarraigo y la lucha del inmigrante por conquistar una nueva patria, por la distancia, el olvido y el reencuentro con la patria primera, este Chile al que finalmente volvemos como Ulises a Itaca.

La conversación quedó grabada y luego, a la distancia, la fuimos profundizando y puliendo hasta convertirla en el libro que ahora presentamos. Del camino que así hemos recorrido recojo algunas cosas. Primero la circunstancia que le dio su contexto y actualidad al hecho de recordar: un país, nuestro país, que vive un momento de desconcierto frente a su propio progreso y que de pronto vuelve a sentir síntomas de una dolencia grave que ya vivió en el pasado no muy lejano, ese de nuestra juventud militante, cuando pusimos nuestro granito de arena para que Chile se desbarrancara por la pendiente del odio y la lucha fratricida.

Lo segundo es que nuestro diálogo de conversos fue motivado no solo por un deber de recordar, sino también de reparar o, mejor dicho, de reparar recordando. Nuestro diálogo es al mismo tiempo un mea culpa, una confesión, un no eludir, como tantos otros, el bulto de la propia responsabilidad por la destrucción de la vieja democracia chilena. Pero hay algo más. Aún nos sentimos con fuerzas como para no limitarnos a recordar sino también para participar, para reparar siendo parte de esta búsqueda de un futuro mejor en la que está envuelto nuestro país.

No nos juntamos en el apacible Olmué para aislarnos del mundo sino para acercarnos a él con más fuerza y, así esperamos al menos, con algunos pensamientos mejor ordenados.

La tercera cosa que quiero rescatar, y que aún me sorprende, es la coincidencia o, mejor dicho, la confluencia de nuestros viajes y de los aprendizajes que fuimos realizando durante ellos. En especial respecto de la filosofía de vida y, no menos, de nuestra forma de ser liberales, que nos emparenta con gente como Isaiah Berlin, Octavio Paz y Mario Vargas Llosa. Nuestro liberalismo es más un temple y una disposición de ánimo que una ideología, se trata de unos principios básicos sobre la buena vida, la que nos permite florecer y dejar florecer a otros, y no de un edificio terminado. Lo que defendemos es una cultura de la tolerancia y la libertad, no una serie de dogmas económicos ni fobias infantiles. En fin, no aspiramos ni queremos ser oráculos de la verdad revelada sino, como Sócrates, tábanos que con su aguijón crítico quieren mantener advertida a nuestra sociedad del peligro de dejarse embelesar por los demagogos y los vendedores de ilusiones.

Finalmente está nuestra decepción del socialismo, ya sea en su versión totalitaria o socialdemócrata. Roberto vivió en el monstruo totalitario y le conoció bien las entrañas. No solo se hartó de su falta de libertad, sino que vio de cerca lo que es un Estado omnipotente, del cual depende el acceso a las cosas más cotidianas e imprescindibles, como el trabajo, la comida o la vivienda. Por mi parte, conocí la versión suave y democrática del socialismo en Suecia, país que es considerado su arquetipo. Sin duda que la diferencia es abismal comparando con el totalitarismo comunista que Roberto vivió en Cuba o en la República Democrática Alemana, pero aun así compartía aquel núcleo que hace del socialismo lo que siempre es: un afán de dirigir nuestras vidas e inmiscuirse en las decisiones más íntimas del ser humano. Lo hacía con la mejor intención de “arreglarle la vida” a la gente, como se decía en Suecia, pero su consecuencia era la indefensión del ciudadano frente a ese enorme Estado de bienestar que terminaba asfixiándolo de tanto cariño que le prodigaba. Pero hay algo más en lo que coincidimos: desencantarse del socialismo no es volverse indiferente frente a las injusticias y la falta de oportunidades de tantos, ya que la libertad que queremos es para todos y no solo para nosotros o unos pocos privilegiados.

Sobre todo esto y mucho más dialogamos y seguimos dialogando. Lo que empezó como un diálogo de conversos es hoy un diálogo de amigos que solo espera una nueva oportunidad para recomenzar.

*El autor es senior fellow de la Fundación para el Progreso (FPP) – (@MauricioRojasmr).

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